La vida es cambio continuo, vamos y volvemos, aprendemos y desaprendemos, queremos y dejamos de querer. A veces vamos corriendo por la vida sin apenas tocar suelo con los pies. En esa carrera y en ese cambio es un lujo encontrarnos con alguien que nos haga de contrapeso, que nos haga frenar (o correr más rápido! ), que nos facilite el descanso, que nos de seguridad (o vértigo! ), que nos haga sentir en casa y que nos siente como un bálsamo.

Ese alguien es quien nos hace encontrar nuestro mejor yo, como también el peor…

Con esa persona es con quien puedo sacar mi yo vulnerable y fuerte a la vez. Mi pequeño y más grande yo. El yo que desea vergonzoso y se contiene en equilibrio. El que acepta todo y no quiere nada inaceptable. El que comparte y guarda para sí. El que escucha y pide. El que está y sale corriendo.

Y eso es así porque su manera de estar nos deja sin defensas y su forma de ser nos enseña a estirarnos. Puede ser porque su ternura nos desarma o puede ser porque su bondad y su nobleza nos agrandan.

La persona a la que elijo tiene que ser alguien que me ayude a crecer cada día. Alguien que me ayude a conocer el mundo  de manera diferente. Alguien que me hable de paciencia, de cariño y de amor.

Alguien que me muestre que, desde lo más profundo, tambien me ha elegido a mí.

Alguien que me de la mano para caminar y que me la suelte de vez en cuando para que podamos volver a buscarnos, y saber que estamos juntos porque nos elegimos cada día.

Ilustración: Cristina Villacieros


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