Con demasiada frecuencia encontramos personas que piden ayuda uno, dos o tres años después del fallecimiento de un ser querido. También encontramos a quienes,  no saben qué motivo, les impide cerrar ciertos asuntos actuales y cuando nos ponemos a indagar tienen un duelo encapsulado… desde hace 20 años o más.

Y es que es importante hacer el duelo, es importante masticar y digerir, no tragarse la piedra. Y para ello es importante permitir y respetar los tiempos del duelo. Y, en demasiadas ocasiones, el duelo lleva un ritmo particular, no es el ritmo que el entorno maneja.

Los primeros días, lo primeros dos meses tras la pérdida, el entorno está muy pendiente. Llama, pregunta, acompaña, hace favores, está atento…., pero en esos primeros dos meses la persona en duelo todavía no se ha hecho tan consciente de lo que conlleva su pérdida como lo hará más adelante. Ha podido tener momentos de consciencia, ataques de llanto, pero todavía no ha caído en la dureza real del vacío al que va a tener que enfrentarse. Por otro lado, todavía se siente medianamente protegido por su entorno, que le atiende con mucha cercanía.

El duelo, la muerte en general, es un tema tan tabú que normalmente lo evitamos y cuando nos pilla cerca nos cuesta mucho, incluso solamente hablarlo. Quizás en los momentos iniciales tras el fallecimiento sí que somos capaces de dar el pésame, expresar el pésame, preguntar qué tal estás…, pero cuando han pasado dos o tres meses, los conocidos, incluso los más cercanos, ya no sabemos qué hacer con ello. Ya no sabemos si preguntar o no, no queremos molestar, no sabemos qué respuesta nos podemos encontrar, tampoco sabemos si sabremos manejarla, o creemos que le podemos generar tristeza por preguntar… Y la persona en duelo lo nota.

A partir de los dos o tres meses, hasta los seis, incluso el año si la pérdida es grande, es justo cuando la persona va dándose cuenta de lo que ha sucedido. Y también es cuando el entorno se empieza a retirar del escenario. A partir de los dos o tres meses la rutina y la cotidianeidad se hacen presentes y ahí, en el día a día, es donde se nota y pesa la ausencia. Hasta entonces parecía que se había ido de viaje pero iba a volver. Durante el primer año la mayoría de los dolientes relatan como oyen, ven y sienten al fallecido. Todavía está muy presente para ellos, pero para el entorno es todo lo contrario. “Cariño, ya han pasado seis meses…, ¿no deberías empezar a olvidar? Te lo digo porque creo que es mejor para ti”.
El doliente empieza a sentirse cada vez peor. Lo último que quiere es olvidar. Echa tanto de menos…. No solo tiene que llevar su duelo, que cada vez va tomando más forma y cada vez da más rabia, sino también la incomprensión del entorno.

La persona en duelo lleva su proceso y le cuesta llevarlo. Mucho más le cuesta expresarlo. Si encima nota que su entorno se tensa ante su presencia, que no quieren sacarle el tema, que no saben como preguntar, que le cambian de tema si le ven los ojos llorosos, que buscan que se olvide del fallecido…., más se cohibirá y aislara. Mas en soledad se sentirá.

También puede pasar que no quiera sentirse más vulnerable de lo que ya se siente aunque su entorno le facilite la comunicación o el desahogo, la expresión del recuerdo.

El caso es que segun avanzan los días, antes de hablar de lo que le pasa intentará callar. Si la persona en duelo no se ve legitimada para hablar (porque no encuentra con quien o porque no quiere), no hablará. Y cuando callamos, lo que poco a poco podemos llegar a conseguir, es bloquear el duelo y encapsularlo.

Empieza a disimular, empieza a aislarse, por supuesto se le quitan las ganas de hablar con nadie sobre el tema. Va guardando. Guardando tristeza, guardando soledad, guardando rabia y frustración, guardando culpa porque quizás lo podía haber evitado, quizás podía haberle dicho esto y lo otro antes de…, entran todos los deberías en escena a hacer daño (debería haber hecho esto o lo otro…).

Y la persona cree que lo que le toca es aguantarse con ello. Se le va haciendo bola y cada vez es más difícil salir de ahí.

Su entorno, a estas alturas, no se puede ni imaginar el infierno que viven y son totalmente ajenos a la ayuda que podrían prestar. Ayuda que solamente consistiría en, palabra mágica, escuchar. Escuchar sin pretender solucionar, no hay solución. Escuchar sin juzgar, no hay juicio que hacer. Escuchar ayuda a sostener el dolor, la tristeza, la rabia, la culpa…. lo que sea que le está sucediendo a la persona. Tan fácil y tan difícil a la vez.

A partir del año llegan los aniversarios. Cuando el entorno cree que ya esta todo resuelto vienen los picos de dolor mas agudos. Su primer cumple, mi primer cumple, la primera vez que…, el primer verano, la primera navidad… “que uvas ni que uvas, ¡si no puedo ni leer un libro desde que no está!” Y la gente no puede o no quiere comprender. Le obligan a tomarse unas uvas que caen en el estomago como bombas. ¿Que otra cosa podemos hacer? ¿Respetar su dolor? No, eso nunca, no vaya a ser que nos invada la tristeza en fin de año. En nuestra cultura es obligatorio ser feliz y sentir tristeza en fin de año esta prohibido. Por eso tanta gente odia la navidad.

Así es como se fraguan duelos complicados. Son duelos que pueden llegar a cronificarse. Pueden quedarse ahí para toda la vida.

Los sentimientos son como una botella. Si te acostumbras a taponarlos se quedan encerrados. Cuando le pones el tapón dejan de salir. Lo malo es que no podemos elegir los que sentimos y se deja de sentir tanto lo “bueno” como lo “malo”.  De tanto que ocultamos dejamos de detectar lo que sentimos y podemos llegar a convertirnos en personas con corazon de piedra. Frías.

Por eso es importante respetar el dolor del doliente. Darle espacio, tiempo y comprensión. Escucha. Gran palabra y tan difícil de poner en práctica.

Durante el duelo es normal tener pensamientos muy dañinos. El cerebro se defiende del dolor tratando de buscar salidas. Nos partimos la cabeza intentando dar explicación a lo inexplicable. Intentando buscar formas en las que lo que se nos esta escapando pueda encajar. En realidad con ello buscamos sentir algo de control ante un golpe tan fuerte.

También es normal sentir emociones muy difíciles de manejar y sostener. Se va pasando por fases. De rabia y frustración por lo injusto que ha sido. De culpa porque mi actuación pudo haber sido mejor. De tristeza porque me doy cuenta de que no va a volver.

El duelo consiste en vomitar todo esto. Consiste en drenar la rabia y la tristeza. En desmontar la culpa. Consiste en navegar por un río de tristeza hasta llegar a mar abierto. Consiste en atravesar un desierto donde hay días malos y días peores. Pero cada uno de esos días es un día importante. Porque cuando los pasas todos ellos puedes llegar a liberar todo el dolor y recordar con amor.

Ilustración  de Cristina Villacieros


2 commentarios

Luis · noviembre 30, 2018 a las 9:36 pm

Profundo artículo, que refleja fielmente por lo que estoy pasando. El único con el que, de alguna manera, he podido sentirme identificado. Desgraciadamente, mi marido (soy gay) falleció de una forma traumática para mí, y de forma tan absurda para los dos, debido al cosumo de drogas, y a un trastorno bipolar no bien diagnosticado, el pasado mes de septiembre. Dentro de cinco días habrán pasado tres meses y, en cuatro, hubiéramos celebrado juntos su cumpleaños. Como bien indicáis en el artículo, durante los dos primeros meses, todo fueron atenciones, por parte de mi familia y, también, de mis amigos. Pero sólo ahora, casi más de tres meses después, estoy tomando conciencia de lo que significa que se haya ido. Una soledad y un vacío insoportables que me tienen bloqueado totalmente. Hasta las tareas más sencillas, como son levantarse de la cama, ducharse, ir a comprar, cambiar las sábanas yo solo o, simplemente, ir a cortarme el pelo, se convierten, de golpe, sin haberlo yo elegido, en desafíos muy difíciles de afrontar, que los recuerdos afloren y el dolor vuelva a hacer acto de presencia. Como bien comentáis, el apoyo recibido durante el primer mes ha acabado convirtiéndose en reproche con el paso del tiempo. Directa o indirectamente. Y la tendencia al aislamiento es irremediable. Sé que nadie me lo traerá ya de vuelta, pero me duele que mi entorno más cercano, mi familia, piense que, en soledad, quizás por ser gay y no tener hijos a mi cargo, piense que debo tenerlo, así, más fácil. Mi chico, mi marido, formó parte de nuestras vidas durante doce años y me da la sensación de que, de golpe, todo ese tiempo compartido se ha esfumado para ellos. Quizás, sea una reacción de auto protección. Yo así lo percibo. Si no me pongo en contacto con ellos, básicamente por no agobiar o sentirme una carga, lo interpretan como un deseo de salir adelante por mi mismo, que, en realidad, no existe. Y sus conciencias se quedan más tranquilas. No lo niego, se acercan fechas muy complicadas, su ausencia va a estar muy presente, y pensar en la fiesta de fin de año me robó a arcadas. Sé que, si he de salir adelante, tiene que ser por voluntaf (ahora muy debilitada), pero si echo en falta ese “oído” o esa capacidad de escuchar, sin juicios ni reproches, al alcance sólo de muy pocas personas.

    psicoterapia y emociones · diciembre 6, 2018 a las 12:13 pm

    Luis, muchas gracias por tu escrito. Me llega al alma. El desierto por el que estas pasando es de las experiencias más difíciles que nos toca pasar a los seres humanos. Hay quien dice que el dolor es el precio del amor. A mi no me gusta esa expresión pero es cierto que el que ama profundamente se arriesga también al dolerse profundamente.
    Espero que poco a poco te vayas haciendo con ello y puedas continuar tu camino.
    Un abrazo, Marta

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